Sepulcro

Desfilaba el canto latino

descendiendo sutilmente entre el humo.

Las voces no alcanzaban a decir

lo que el corazón no podía callar.

La llama silenciosa de las velas,

los hábitos como sombras andantes

subiéndose por las paredes,

trepándose a los mosaicos.

Todo pedía esperar.

 

Corre una lagrima,

corre otra al encuentro;

siglos de ríos derramados,

enjugar cada ángulo del altar

y helo ahí,

el lugar del árbol,

la raíz del crucificado,

creció tanto

que en todo el mundo se alcanza a mirar.

 

Si estás ciego,

si perdiste la mirada de tanto escarbar,

sólo basta seguir el perfume,

nardos,

respira,

como Espíritu Santo

está en todo lugar.

 

Lo derramó la prostituta,

lo ungió vivo porque ya iba teñido de muerte;

yo tengo estas lágrimas,

agua estancada que pide gritar:

¡He aquí el que me dijo cosas extraordinarias!

¡Vengan aquí al árbol!

En el sepulcro ya no está.

 

15.09.18/Basílica del santo sepulcro, Jerusalén

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Escogí el silencio

 

 

Elegí el silencio como espacio.

No existe lugar más pleno

ni más vacío;

aquí habla el binomio del todo.

Por eso será nuestra casa Señor.

 

A veces tengo en la garganta

un tráfico de todo lo que quiero gritarte,

y como ahora sólo tengo la quietud.

Y esto es mi vida entera.

mis situaciones límites se encarnan aquí.

 

Aquí te amo con locura,

aquí mismo te olvido.

Aquí gasto hojas lanzadas al aire.

Aquí te grito con desesperación.

Éste es nuestro cenáculo.

Las lenguas de fuego ya arden,

el pan está partido.

 

Ya llevo el corazón herido,

relleno de aceite,

esperando a mi Esposo,

a ti, Padre Santo.

 

Jmsg 10.09.18

Monte Tabor, Galilea

Llegan esos rostros

Llegan esos rostros

Desfilan de noche

con todo un silencio en la mirada.

Uno quiere olvidarlos.

¿Cómo llevar tantos rostros

en la memoria?

 

Toparte de frente con el otro,

el no-yo,

es la experiencia más fuerte,

la más silenciosa,

porque hay un momento

en el que no se dice nada,

y luego procede la palabra.

 

Ese instante es el más sagrado,

el más terrible.

Luz y oscuridad.

Eso enmarca todo encuentro.

 

26.04.18/Guidonia jmsg

Le conocí la mirada a la muerte

LE CONOCÍ LA MIRADA A LA MUERTE

 

cuando Rosanna me contó su historia.

Tiene el rostro marcado

por los surcos del tiempo,

canales por donde llora el recuerdo.

 

Quedó morada por el beso de aquella dama.

Beso que arrebata todo.

Rellena el silencio

con el rumor del silencio,

y la música se convierte

en un chirrido dentro de la memoria.

 

Hablar del tiempo con ella

era clavarle un puñal en el alma,

o en el recuerdo,

porque para ella no hay ya

antes o después de Cristo,

sino antes y después de la muerte,

y como me dijo después:

“Mi epitafio dirá:

aquí ya una flor marchita por el tiempo,

ya que por sí sola matarse no pudo”.

 

03.05.18/Guidonia

 

Me topo con tanta gente

Me topo con tanta gente,

pero realmente,

tengo pocos encuentros.

 

Algunos son de muerte,

condenados a permanecer inertes

hasta que se pudran dentro.

 

Otros serán eternos ausentes

en una herida tan presente

que quema como el fuego.

 

Pero tus besos latentes,

esos que nacieron lentamente,

ya se terminaron, no los recuerdo.

 

¿Se supone que viviré eternamente

con esta idea en mi mente,

que nuestra distancia es un desierto?

 

¿O me diluiré paulatinamente,

setenta veces siete,

hasta que encuentres mis huesos?

 

28.04.18/Guidonia

Le conocí la mirada a la muerte,

cuando Rosanna me contó su historia.

Tiene el rostro marcado

por los surcos del tiempo,

canales por donde llora el recuerdo.

 

Quedó morada por el beso de aquella dama.

Beso que arrebata todo.

Rellena el silencio

con el rumor del silencio,

y la música se convierte

en un chirrido dentro de la memoria.

 

Hablar del tiempo con ella

es clavarle un puñal en el alma,

o en el recuerdo,

porque para ella no hay ya

antes o después de Cristo,

sino antes y después de la muerte,

y como me dijo después:

“Mi epitafio dirá:

aquí ya una flor marchita por el tiempo,

ya que por sí sola matarse no pudo”.

 

03.05.18/Guidonia jmsg

 

Encontré a una señora devorada por el tiempo

Las fotografías de su entorno

era el mismo devenir encarnado.

Ella se veía incompleta;

la sangre se le había hecho polvo

regado sobre cada objeto:

una pipa gastada a besos,

vajilla en soledad jamás usada,

una cama donde se acostaba la muerte

y un piano que murió degollado.

Quizás nunca supo la pobre vieja

cuándo murió realmente;

a lo mejor cuando quiso

eternizarse en la imagen

o también el día

que besó el reloj.

Qué complicidad

Qué complicidad entre las palabras,

tanto queda entre los espacios

y otro tanto que calla

porque la misma palabra

es cobijo del misterio;

nunca termina de decir todo.

Uno puede deshojar el diccionario,

y jamás encontrará la palabra exacta

que cante mi dolor de media noche.

Como sea escribo,

escribí, escribiré;

me abandono a su seducción sin fondo,

al baile desnudo,

hasta que gotee la tinta

desde el rincón más profundo

donde hay algo.

Traigo seca el alma

Traigo seca el alma,

el grito se ha deshidratado.

La voz es una uva seca,

sin semilla.

Quiero hablar,

sólo canto polvo,

el mismo polvo que lloro

y me ahoga en un desierto infinito.

 

Te me perdiste,

incluso yo mismo en un laberinto

dejando migajas de carne

que se comen los recuerdos;

el sendero se pierde

todos los días.

 

Soy un extranjero de mí,

¿quién es éste que ahora habita en mí?

Éste que no ha visto la luna

y que habla demasiado,

éste sin voz y esperanza alguna

que vive esquizofrénico y obsesionado.

 

Algo trajo y otra cosa se llevó.

¡Qué estupidez!

Quién se roba a sí mismo

y vende a la nada lo que lo hace ser.

Qué estupidez.

 

09.11.17/Guidonia, Ita. jmsg