Los libros, los sueños, la memoria [Carta a Borges], por Susan Sontag (Nueva York, 1933 – ibídem, 2004)

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Susan Sontag (Nueva York, 16 de enero de 1933 – ibídem, 28 de diciembre de 2004). Escritora, novelista, ensayista, guionista y profesora estadounidense, autora de “Contra la interpretación” (1966), “Sobre la fotografía” (1977), “El amante del volcán” (1992), “Ante el dolor de los demás” (2002).

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12 de junio de 1996

Querido Borges:

Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. (Borges, son diez años.) Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores… así como el más artístico…

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La soledad del lenguaje

Hablo. Digo lo que consideras todo, pero descubro que el lenguaje tiene una soga que ahorca aquello que desea salir y no sabe cómo. Cuando parece que puede llegar a exhalar esas palabras secretas, lo que viene a revelarlo de una manera correcta, se esfuman como el sueño al despertar y permanecen como un recuerdo que quiere volver y se aferra al polvo del camino. Entonces, ¿quién tiene la capacidad de entrar en este templo del ser? ¿No era la palabra el lenguaje de  los dioses, aquellas que sacaban lo divino de la sombra y que podría cantar mi infinita limitación? Creo que hay cosas que permanecerán en la sombra de mi propia incomprensión, en el desierto más íntimo, donde la luz de la alba apenas se filtra y toca los horizontes de mi espíritu. Esa soledad. Ese hablar. Ese callar.

Y me dejas con tu silencio

Y me dejas con tu silencio.

Has aprendido cómo castigarme,

haciendo enmudecer el gesto

y dejar que mi mente inquieta

trate de adivinar tu pensamiento,

y así morir lentamente

desangrándome en una escalera oscura.

 

Tu palabra vuela como una mariposa lejos de mí,

tan frágil eres, tan cruel,

y si te volvieras a posar en mi hombro

sabré que luego partirás

arrancándome un ojo

para no volverte a ver.

Fuimos a la sombra más profunda

Fuimos a la sombra más profunda.

Ahí traté de esconderte el rostro,

porque es tanto tu silencio

y demasiada mi pregunta;

pero también es mucho mi alejamiento

e infinita tu paciencia.

 

Pero me gustaría que se te agotara;

que entraras a mi casa

y me tomaras de los hombres;

con un grito rompieras la niebla

¡Despierta, tú que duermes!

¡Vuelve aquí, tú, desterrado!

Ya está levantada tu tienda.

 

Añoro esa soledad habitada,

tan tuya, tan mía,

ese canto que desgarraba todo espanto

y que invocaba a la luna a cada instante,

tan calladitas, nada fría.

 

De qué me sirve una luz

si me he acostumbrado a la sombra.

Me miro el rostro una vez al día

y no más, no necesito más,
porque, a veces, el rostro es ave de malagüero,
trae un canto que anuncia muerte, soledad,
temblores que anuncian la rotura del corazón,
o la abertura de la herida vieja,
o alguna cosa que no es del todo verdad.

Yo lo miro en la mañana para saber si estoy despierto
o si me he traído alguna porción de mis sueños en los ojos,
algún grito de la madrugada untado en los labios rotos,
sabiendo que siempre me deja un poco de desconcierto,
esa sensación de no ver lo que veo,
de no sentir lo que siento,
de no ser lo que poseo.

Usted mírese el rostro un poquito nada más.
Ya tenemos el alma llena de sobresaltos
como para querer mirar otro espantapájaros
y querer romper el espejo
por ser el culpable de la opacidad,
de la verdad, de todo reflejo.

Dejaré de decirte…

Dejaré de decirte que te quiero,

no con palabras que no poseo

sino con esta sombra de luna,

seco, frío,

porque lágrimas ya no tengo.

 

Me sequé besándote

y a cada roce se clavó una espina;

tus besos me herían,

me hacían preguntar porqué,

porqué si estando tan cerca

no te siento mía.

 

Parece que sólo poseo tu recuerdo,

ese instante tan incompleto,

tan dolorosamente perfecto;

me torturo y me corto las alas,

inhalo humo, muerte, deseo,

grito al cielo desgarrándome hasta el alma,

y estás lejana, tanto tanto,

que aunque llore sangre,

por más que lo quiero,

tu recuerdo no baja.

He perdido algo

He perdido algo.

Lo sé cuando llega la madrugada

y me levanto.

Algo falta,

algo se escondió en el sueño;

no lo recuerdo,

no sé cómo se llama,

pero algo se fue,

o se durmió,

o no sé qué.

 

Escribo, leo,

Hurgo lo pasado;

hojeo y hojeo,

pero se va como lombriz en tierra

buscando en mis huesos,

dejando rastros de algo verdadero,

algo tan cierto

que se ha tornado tan extraño.

 

¿Ha llegado la edad de olvidar,

donde todo se prioriza y nada vale,

o todo vale y nada existe,

o de comenzar a contarme los latidos,

revisarme el rostro para llegar a un acuerdo con el tiempo?

 

¿Qué se me perdió

para volver a mirarme el rostro?

 

26.10.17/Guidonia Montecelio, It.

El corazón del hombre es la cosa más traicionera…

El corazón del hombre es la cosa más traicionera,

y difícil de curar;

siempre vivirá enfermo de soledad,

buscando soledad,

allí donde no ladren los perros,

lejos del mar,

muy lejos,

donde ni a sí mismo se pueda encontrar.

 

Y por no querer encontrarse,

a veces le digo: ¡cobarde ubérrimo!

Pero nadie es profeta en su tierra;

mi carne traiciona al espíritu,

el espíritu se vuelve contra la carne…

y todo es batalla,

dientes rotos y taquicardia.

 

Mejor no buscarse.

Traicionarse a sí,

que cada quien se las arregle

en esta tierra de nadie.

 

16.03.17/El Izote, Nay.

Cuán roto estoy…

Cuán roto estoy,

me di cuenta

al ser habitado

por tantos fantasmas

llenos de espasmos,

terribles y largos,

cruentos, solitarios resfriados;

todo se cuela,

nada se deja

quemar en letargo,

cuando toda fractura

llega hasta abajo;

qué es abajo,

casa del ser,

ahí en hondura,

siempre en premura

de quererte ver.

 

06.03.17/El Izote, Nay.