Traigo seca el alma

Traigo seca el alma,

el grito se ha deshidratado.

La voz es una uva seca,

sin semilla.

Quiero hablar,

sólo canto polvo,

el mismo polvo que lloro

y me ahoga en un desierto infinito.

 

Te me perdiste,

incluso yo mismo en un laberinto

dejando migajas de carne

que se comen los recuerdos;

el sendero se pierde

todos los días.

 

Soy un extranjero de mí,

¿quién es éste que ahora habita en mí?

Éste que no ha visto la luna

y que habla demasiado,

éste sin voz y esperanza alguna

que vive esquizofrénico y obsesionado.

 

Algo trajo y otra cosa se llevó.

¡Qué estupidez!

Quién se roba a sí mismo

y vende a la nada lo que lo hace ser.

Qué estupidez.

 

09.11.17/Guidonia, Ita. jmsg

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Lo que no

Lo que no encontraste en el tumulto, búscalo en el silencio de la palabra.

Lo que no encontraste huyendo, búscalo en las islas de la poesía.

La poesía es el reencuentro del hombre con lo más profundo de sí. Es el presente que conecta su corazón con la luz y la sombra de su propia existencia.

Fragmentos

El corazón es una larga enmienda

de un texto que nadie conoce,

cuyo sentido la semántica ignora

y cuyos signos nadie ha codificado.

Pero si el corazón no enmienda ese texto

como un ciego corrigiendo el abismo,

la vida se caería en pedazos

como un sueño sobrante y desechable.

Hasta cabría sospechar

que la enmienda es el texto.

 

Roberto Juarroz

He sido amado

He sido amado por muchas mujeres

y cada una me ha secado un poco el corazón.

No es bueno ser amado así.

Te mata lentamente.

Cada beso recordado

es una mordida en el tiempo.

Cada caricia es como un rasguño

de una bestia arcana.

Las miradas pasadas

son como los ojos de un cazador,

porque en el amor

uno siempre es una presa.

Conozco ese silencio

Nada habla,

y el eco huye junto con el sentido.

Parece que no hay arriba o abajo.

Una densa sábana cubre todo,

todo lo adormenta.

Hace pensar que sueña

pero va huyendo.

 

Nada termina de caer.

Flota como si tuviera a donde ir,

donde morir,

donde llorar,

dónde,

sólo dónde.

Mi primer viaje a la oscuridad

Lo hice en una libreta.

Ahí nacen los demonios.

Ahí toqué el cielo

y conocí un poco del profundo de mi abismo.

 

Fue la primera vez que morí,

lentamente,

mientras nombraba todo,

porque no hay poesía

si no se nombra nada,

no existe sin romperse un poco.

 

¿Me enseñó más la luz

o fui seducido por la sombra?

Tengo el rostro bañado de claridad

pero el corazón respira incluso

de mis ojos cobijados

de la oscuridad de mis ojeras.

 

Yo sigo escribiendo,

viviendo al amparo de la luz

y al silencio de mi noche,

ante el amor primaveral del día

y el invierno aleccionador de la ausencia.

El hombre imaginario, Nicanor Parra

Nicanor Parra
El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

Los libros, los sueños, la memoria [Carta a Borges], por Susan Sontag (Nueva York, 1933 – ibídem, 2004)

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Susan Sontag (Nueva York, 16 de enero de 1933 – ibídem, 28 de diciembre de 2004). Escritora, novelista, ensayista, guionista y profesora estadounidense, autora de “Contra la interpretación” (1966), “Sobre la fotografía” (1977), “El amante del volcán” (1992), “Ante el dolor de los demás” (2002).

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12 de junio de 1996

Querido Borges:

Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. (Borges, son diez años.) Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores… así como el más artístico…

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