Por: Fr. Jesús Manuel Silván García OFM

Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía;

estaba en la invención de razones

para que la poesía fuera admirable…

Jorge Luis Borges

 

Admirable… “¿había algo de admirable en mis letras, en mis aforismos, había razones que hablaran desde estos garabatos?” Fr. Concepción recorría esta idea memorizada en la soledad de su celda, en la oscuridad de su ceguera. Pero, qué certezas podrían causar admiración si se revisaba su vida: fraile franciscano de 85 años, disque poeta, encorvado como un árbol al cual se han recargado muchos. Su piel, que brilló como cáscara de manzana rojiza, tan viva, ahora ya está permeada de pecas como un fruto ya casi desechable. Tuvo ojos vivos, buscadores, pero esa maldita diabetes los ha dejado grises, con un aura vacía, como un espejo que ya no refleja. Si, fray Concepción tenía muchos años ciego.

Se conecta con la realidad con aquellos oídos cada vez más sordos y, cuando no tiene algún resfriado, trata de oler su entorno, como un tigre buscando su presa, buscando vida, alimento.

Siempre encuentra el perpetuo olor a medicina, aquel que le parece nauseabundo, como quien oliera un animal muerto en medio del lugar. Olía el abandono de sus cosas, el crepitar de sus libros por el nulo uso al que estaban esclavizados. Olía su propio miedo a caer en una dimensión desconocida y que todas sus hojas no lo lloraran como malagradecidas hijas que el mismo parió, a veces con dolor, a veces con alegría. Siempre trataba de ignorar ese aroma, de encerrarlo de alguna forma, pero se le filtraba por la piel. Muchas veces se le oía decir: “No importa, se ha vuelto mi loción favorita”.

Vivía con la esperanza de que, al tomar una hoja y su pluma fina, regresará la luz a su mirada con el poder de las letras y el toque de lo divino. Pero no era así. Ya la hoja se encontraba amarillenta como él y la tinta se había vuelto como de piedra. Tocaba a tientas los versos que no estaban concluidos, los sabía de memoria…

Debajo del ciprés te di un todo de mí

para, a veces, quedarme sin un nada de ti…

 

Y no había podido avanzar más. Le faltaba una compañera de baile para retomar el ritmo cadencioso entre las líneas que se deja seducir con una sutil caricia sincera; y sabía como seducirla, pero ahora le era esquiva, fría, caminando al otro lado de la calle sin cruzar la mirada con el viejo fraile… mirada; se reía a solas Concepción al intentar mirar cuando ya no podía y… escuchó que tocaban la puerta. Era fray Simplicio, joven novicio que le llevaba la comida y toda la alegría de su persona. A nuestro viejo árbol le agradaba la visita de Simplicio; lo hacía salir del mundo amargo de algunas de sus cavilaciones. La voz del novicio siempre le resultaba agradable; no eran las notas tristes que se armaban en su corazón, era la tesitura de una alegría sincera y, a pesar de que lo conoció con su ceguera, imaginaba su rostro con unos ojos que destilaban brillo como el rocío de las plantas por la mañana cuando reciben los primero rayos del sol; imaginaban su piel lisa, brillante, por las sonrisas que no negaba. No sabía si era delgado, chaparro, moreno… lo que si sabía era su cualidad más importante: paciencia, aquella que estaba marchita en el viejo.Paciencia para esperar en el silencio cuando Concepción no quería cruzar ninguna palabra y desayunar en silencio; un espíritu tan atento que sabía escuchar todas las anécdotas de sus muchos años con el sayo franciscano.

Una tarde, fray Concepción se hallaba, como de costumbre, sosteniendo su hoja amarillenta y su pluma fina cuando sintió una presencia fría, sutil. Una compañía que a veces rondaba sus ideas; le ponía pensamientos que el viejo fraile no quería considerar; le hacía temer y a veces esperanzarse. Era el ángel de la muerte.

-Has venido de nuevo, ¿ah?- dijo Concepción con cierto temblor en su voz.

– Si. Ha pasado un largo tiempo desde mi última visita, y –dijo el ángel de la muerte mezquinamente y con una mueca en sus labios- veo que sigues ahogado en el mismo renglón desde el día en que quedaste ciego.

– ¡Calla espíritu pútrido! – Exclamó con furia Concepción- Que al final de mis líneas…

– Espera viejo rancio – dijo interrumpiéndolo- porque ese final está muy cerca, más pronto de lo que crees.

Concepción detuvo el aliento y sopesaba las palabras del ángel: “El final está muy cerca, más pronto de lo que crees…” El sudor comenzó a perlar su frente; sentía un escalofrío en la punta de los dedos, como si acariciara hielo, y el palpitar de su corazón se aceleró como un tropel de caballos en desbocada carrera.Se dirigió dando tumbos a su escritorio; arrojó la pila de libros y papeles cubiertos de polvo y puso la poesía incompleta en la mesa sin estar seguro de que la tenía del lado correcto, y con afán casi obsesivo repitió los versos que había escrito: Debajo del ciprés te di un todo de mí para, a veces, quedarme sin un nada de ti…

Sintió que la celda lo oprimía, que se hacía más estrecha con cada bocanada de aire que jalaba como esperando aspirar unas corrientes de inspiración. Apretó su rostro con ambas manos pero no podía estrujar los versos que faltaban por bailar en su hoja.

El ángel se acercó con sigilo antiguo y susurró – Sólo tienes que soltar la pluma y la hoja. Te ves patético al querer exprimir luz en medio de tu oscuridad. ¡Desiste anciano! ¿no te das cuenta de tu condición caínica, que tu ofrenda no se eleva como aquel Abel? Ya estás olvidado, recuerda que él está con el hacha en la raíz, listo para hacer de ti leña para las llamas… ¡mis llamas!

Concepción se detuvo un momento; abrió mucho sus ojos ciegos y respiró tranquilo. Una certeza inundó su espíritu. Una paz tan ansiada lo cubrió con ternura. La conocía muy bien. Derramó finas lágrimas y cantó un suspiro hondo y largo cerrando sus ojos.

-Gracias Señor – dijo con una sonrisa en sus labios – porque has revelado esto a los sencillos y derrotados. El ángel de la muerte no tiene poder sobre ti ni sobre mí.

Abrió los ojos y pudo ver claramente la hoja, las líneas, la pluma, sus manos y prosiguió:

Debajo del ciprés te di un todo de mí

para, a veces, quedarme sin un nada de ti,

pero en el vaciamiento de mí

me encontraba en lo hondo de ti.

 

Sonrió el viejo fraile. Miró su hoja amarillenta, colocó con cuidado su pluma a en su escritorio y, cerrando los ojos, sintió un beso en el corazón y se durmió para ya no despertar.

 

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