La sed por tener todo, esa sed bendita y maldita,

gracia cuando hace sencillo;

maldición si quiere exprimir rocas.

Siempre en búsqueda

siempre la necesidad metafísica

de encontrar el resquicio donde está todo.

Pero de la fuente perenne

se bebe a sorbitos,

que la misma agua que revitaliza

puede llevarnos al abismo de la muerte.

Y algunos, hay que acotar,

dicen que la finitud es nuestro sello;

otros, que el alma trasciende;

luego otros que polvo,

luego vida

y otra vez polvo,

pero lo innegable es que esta realidad,

con todo y su belleza,

no es suficiente.

Quién entiende mi sed de infinito.

Quién comprenderá que las palabras

son eternas,

y aunque escribamos para el momento,

la tinta brinca de ojos en ojos,

¿y me dices que es finito todo?

Ahora mismo hago algo,

algo que puede ser leído después de que me vuelva polvo.

¡Coño, qué paradoja!

que de mi finitud

pueda salir algo que permanezca.

Permanecer,

qué palabra tan fuerte,

acaso sabe alguien qué fue de ese hombre

que pronunció por primera vez esa palabra;

se atragante en el alma

sea en el idioma que sea,

y nosotros hablando de finitud.

Hasta Dios dijo que la eternidad

era para después,

y yo aquí con mi cántaro

buscando el agua del infinito.

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Un comentario en “Sed de infinito

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