…ese fue el veredicto dictado a Andrés, un analista político que solía publicar en un periódico de circulación local. Fue un proceso rápido, sospechosamente ágil y estructurado. El abogado defensor poco pudo hacer, y era de esperarse en alguien que sólo se dedicaba a sacar copias, lamer botas y luego volverlas a lamer.

Tomó la palabra el señor juez y se dirigió al analista: ¿Desea agregar algo más el acusado?

Se levantó Andrés, miró detenidamente a los magistrados, a quienes lo acusaban; escuchó detenidamente los susurros de sus antiguos jefes. Tomó una pluma entre sus manos y la quebró derramando la tinta sobre un hoja en blanco, dejó que se escurriera, que vaciara toda su sangre, y habló (esto es una transcripción fiel de todo lo que dijo):

“Para un régimen opresor, la libertad supone la mayor arma de destrucción masiva. Ya no existe ese cliché de la paloma blanca volando en un augurio de paz sosteniendo una rama verde… no, ahora ya no.

Tenemos buitres circundando para carroñar los restos de la libertad, pero aún no descienden porque ven que todavía mueve la pata, agonizando.

Los estudiantes del 68, Ayotzinapa, Aristegui, los más de 60 periodistas desaparecidos y/o asesinados son tan sólo el síntoma de un mal mayor, el de un sistema con una práctica generalizada y sistemática de opresión ante aquel que agite las conciencias e invite a cuestionar la realidad de este país, de este gobierno que esconde debajo del tapete, debajo de muchos metros bajo tierra, su miedo más profundo, el miedo de ser descubiertos por la luz de la verdad.

Pero hoy los acuso a ustedes; para mí son culpables, culpables de atar los dedos y lenguas libres, culpables de amordazar a las conciencias con vales de despensa, chapuza e infraestructura de papel, culpables de un discurso superficial y maquillador de la podredumbre de esta tierra.

¡Ay señores! Son una horda de vampiros, sanguijuelas y chupacabras. ¡Venga la tierra, venga la cinta adhesiva, venga la navaja! que de otra forma no me callo; aquí están mis dedos que los señalan, y mi lengua que sabe las palabras necesarias para describir sus patrañas y sus andadas de sangre…”

En este momento el acusado fue sometido por dos guardias y retirado de la Corte; el juez se despertó después de tanto ruido.

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