¿Qué hemos hecho con el silencio?

Muchos no saben que hacer con el silencio. Se le ha mitificado y convertido en un monstruo siniestro que nos devorará, y hemos encontrado a otro monstruo para combatirlo: el ruido, y se nos ha hecho tan agradable que ya no es monstruo, es como una mascota que nos acompaña, que ronronea siempre a nuestros pies.

¿Y el silencio? ¿por qué se le tiene miedo? Porque tiene la cualidad de hacer resonar todo aquello que habita en lo más profundo, pero no nos lo hecha en cara, pues el silencio es pacífico, quiere sentarse a dialogar con nosotros, a tomar café mientras permite el encuentro con lo más profundo de mí; pero somos nosotros que hemos guardado violencia; hemos armado a nuestra limitación que ahora se vuelve para hacerse presente. Y es así que convertimos el silencio en algo terrible.

No podemos seguir ignorándonos, pues de continuar así, el resultado será la desesperación y el error, conduciéndonos a una reflexión laxa en el uso degenerado de los sentidos, y cuando este encantamiento de los sentidos termina, desde que la existencia vacila, aparece la desesperación que acechaba oculta (Cfr. Kierkegaard S., Tratado de la desesperación, p. 43).

Es por eso que surge como un clamor, desde lo más profundo del ser, aquella exclamación de Zaratustra: ¡Refúgiate en tu soledad, amigo mío! (Nietzsche F., Así hablaba Zaratustra, p. 75), hay que salir de la bulliciosa plaza pública, donde termina la soledad, y retomar el camino hacia la tranquilidad del espíritu.

Es necesario volver a sí, pues si nunca nos hemos buscado, ¿cómo íbamos a poder encontrarnos algún día? (Nietzsche F., Así hablaba Zaratustra, p. 39), porque en el momento en que sublimamos esta tarea, la del encuentro consigo mismo, permaneceremos ajenos a nosotros mismos.

Pero ¿cómo llegar a ese encuentro? Dirá Sartre en La Náusea: Cuando queremos comprender una cosa, nos situamos frente a ella, solos” (Sartre J-P., La náusea, p. 116), es así que debemos salirnos de lo que este existencialista francés llama multitud trágica en reposo (Cfr. Sartre J-P., La náusea, p. 91), porque la existencia, esta irreversibilidad del tiempo, será dotada de ese algo sublime según la manera de encadenarnos a los instantes.

Tenemos que retornar al lujo del encuentro verdadero, al momento de silencio ante la creación, ante la obra de arte (Cfr. Sabato E., La resistencia, p. 68), debemos de retornar al encuentro de nuestro propio gesto, de nuestro propio rostro. El hombre no se puede mantener humano a esta velocidad, pues estamos en el camino pero no estamos caminando, estamos siendo arrastrados; ya nada va a paso de hombre (Cfr. Sabato E., La resistencia, p. 102). Estamos siendo llevados por una vorágine sistemática que nos va a exterminar, por eso es primordial el silencio, volver al origen creativo… y volver a ser.

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