No se puede ser indiferente a las lágrimas

porque todos nos hemos bañado en ese río,

yo mismo me bauticé al dejar el vientre materno

porque sentí que me partían

y quise deslizarme en las aguas de mis ojos.

Yo he bebido la frustración y la decepción

de un amor no correspondido

o de una zancadilla a la confianza,

y si no has llorado eso

entonces no eres río

sino un camino polvoriento

que arrastra cadáveres y hueso de gusano,

nada…

Yo he llorado la soledad mal vivida

y la compañía que olvida la sangre,

he llorado la indiferencia

y el gesto cariñoso.

Las lágrimas son signo de humanidad

de que todavía algo me puede doler

o que puede confortarme tanto

hasta llegar a la ebullición de un suspiro.

Señoras y señores,

mis lágrimas son signo de fertilidad,

de que en mi corazón aún se puede sembrar

y que es capaz de no dejar morir

lo que se entierra en profundidad,

lo que se alcanza con lágrimas.

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