No miro a la noche con afán de miedo,

la escudriño porque en la oscuridad

se encuentran senderos del misterio,

y quién diría que no soy un poco de oscuridad

de un frustrante desconocimiento

que me sube por la pierna

y la saboreo en mi lengua.

Cuántas veces añoro comprenderme del todo,

saber porqué algunas dudas persisten

pero espero sentado en la oscuridad

aguardando algún autobús

que me lleve a pasear por mis llanuras,

que recoja pasajeros perdidos

para ir charlando del ardor de la jornada,

del polvo en el camino

o de las monedas perdidas…

y aguardo;

tengo esperanza de que comprenderé;

miro la noche,

la miro silenciosamente,

miro sus piernas y sus labios,

miro sus gestos

y sus ojos sin pestañas que nunca parpadean.

La contemplo hasta que me lleve

muy dentro de mí.

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