De niño me dijeron que no podía,

y lo hice.

De adulto nadie me lo repite

y soy yo el que me contengo.

 

¿Qué me hizo el tiempo, el devenir

que me hace pensar en la muerte

junto con su humedad y el gusano?

Mido los metros de la fosa con suspiros perdidos y otros que guardo,

y en la niñez se conmensuraba por raspones,

ventanas rotas y balonazos en el patio.

 

Ya no presumo nada.

Soy un ahorrador de silencios y soledad,

todo se ha vuelta una preparación fortuita, apelmazada, ensayada,

y los brazos ya no me dan para trepar árboles

porque pienso en que puedo desgarrarme,

caerme, hundirme en no sé dónde

y quedar impávido, mirando a la nada.

 

Qué te ocurrió, niño mío,

qué vecina te regañó para que te escondieras en mis patas de gallo,

qué ventana rompiste para que salieras huyendo

bajo las faldas de mis años.

¿Por qué ya nos saliste?

 

Soy un inválido sin ti,

un cojo del corazón.

Qué se hace con toda tu fuerza

si ya no hay quien patee el balón.

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