Mi árbol…

MI ÁRBOL,

me alimentaste con tu sabia

en ese silencio de posibilidades,

y me cargaste como una manzana;

no sabía que te podías secar

ni que el tronco fuerte de tu pecho

y el cielo de tus ojos

se podrían cubrir de nubarrones.

 

Pero te estás secando,

y la polilla de la finitud carcome tus huesos,

tus fuerzas y esperanzas.

No puedo hacer nada.

No quiero consagrarte al olvido de la resignación

y darte unas palabras cada cierto tiempo

-tómese una en la mañana-,

pero ¿qué hago?

 

Te dieron el primer hachazo,

la herida va mermando tu ánimo.

¡Quisiera ese dolor!

¡Que no corra en tus venas!

¡Dénmelo a mí, coño!

Denme ese tiempo infame cuando te preguntaba:

¿Verdad que tú nunca vas a morir?

 

26.04.17/El Izote jmsg

 

 

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