La enfermedad es una soledad,

nadie la padece por ti,

no pueden comprender tu dolor

o el hecho de ceñirte a una hora

para tomar tu pastilla

esperando que alivie toda la angustia

haciendo de ti una simple reacción química.

 

Tómese cada dos horas esto,

¿y el resto?

¿qué me calmará las horas muertas

en que la enfermedad me recuerda

que mi finitud sigue viva?

 

Es la última soledad,

el empellón con el dolor,

el vals de dos divorciados

que viven en la misma casa

y fuman la llaga y el sopor,

el hastío del encierro

y el amor no existente entre dos enamorados

que conocen poco a poco a la muerte.

 

El corazón te dice que vivas,

que no sepa tu mano izquierda

lo que hace la derecha,

pero se llevan los ojos maquillados de ojeras,

con la oscuridad del cansancio,

y aunque tengas el ánimo en la trinchera,

bien sabes que peleas solo,

tan solo,

hasta que sea inevitable el último sufragio.

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