Silencio, elevaré un clamor a ti:

te necesito,

no allá en la montaña

o en la soledad de la muerte;

no en la oscuridad de la noche,

sino aquí.

Ahora mismo,

en la desgarradura de la conciencia

y siento el testigo

de las caídas de las hojas,

y como no queda más, prosigo,

y como quedo yo,

así conmigo,

libre, tan libremente atado a todo,

me entrego a ti,

con mis alas rotas.

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